15 noviembre 2012

Un Pacto de Longitud - 5ta Parte

La solución de Mangueira había resultado mucho más sencilla de lo que yo imaginaba. Cuando habló por teléfono, había llamado a un seguidor de la misión que era cirujano y tenía una clínica privada. Me llevaron hasta allí y me hicieron todos los análisis previos a una operación. Yo tenía mucho miedo ya que iba a ser la primera operación de mi vida. Mangueira me tranquilizó y me dijo que si bien no podía permanecer conmigo ya que su misión en el templo no podía ser interrumpida, que aun así me iba a acompañar espiritualmente. Luego con mi mujer nos dimos un profundo abrazo y me llevaron al quirófano.

Una vez allí, y mientras me daban anestesia, recordé las palabras de Mangueira. Imaginé que el pastor estaba acostado en una camilla junto a la mía y que daba algunas instrucciones con un centímetro en la mano. Supe que su espíritu estaba presente y me terminé de dormir. Cuando recuperé el conocimiento, estaba en una habitación y mi mujer al lado mío, llorando pero feliz. Me dijo que todo había salido bien.

Un par de días más tarde, y ya en casa, me quité las vendas. Estaba re-contento con los resultados. El tamaño había sido reducido drásticamente pero aún así, era un poco mayor a lo que tenía en un principio. Mi mujer también estaba conforme, y contenta con la yapa. Ese día, sin dudarlo, fuimos directo al templo para verlo a Mangueira y agradecerle. Como no había servicio, fuimos directamente a su oficina. Lo encontramos justo hablando con el cirujano por teléfono. Mangueira le decía que solo había un problemita con la diferencia de pigmentación pero que estaba muy contento y que ahora no lo paraba nadie. Colgó y se iba a levantar de la silla para saludarnos pero en el intento casi hizo volcar el escritorio que tenía enfrente suyo. Esto fue muy extraño ya que él no había llegado a tocar el borde del escritorio con la cintura. Cuando vio nuestro asombro nos explicó que un hombre como él esta expuesto a brujerías de todo tipo y que a veces, en su oficina, las cosas se mueven solas.

Charlamos un buen rato hasta que nos pidió que lo disculpáramos ya que estaba por comenzar un servicio al cual nos invitó a quedarnos. Una vez en el templo pude sentir la magia del primer día. Ese día durante el servicio, Mangueira, que hasta ese entonces era conocido por su nombre de pila: Paulo Inacio Couceiro, dijo que él, como muchos brasileños célebres, quería ser llamado no por su nombre sino por su apodo. Fue ahí donde surgió lo de Mangueira y dijo que el apodo se lo había elegido las chicas del coro. Estas, a continuación, se largaron con una bellísima versión de “Qué tendrá el petiso” mientras le tiraban besos a Mangueira o le guiñaban el ojo.

De mi no hay mucho más para agregar. Recuperé a mi mujer, recuperé mi casa, recuperé mi trabajo; en definitiva, recuperé mi vida. A veces en el club los muchachos me preguntan si no extraño los viejos tiempos. La respuesta es que no. Aunque tengo que reconocer que los otros días, que tuve que ir a ver a un cliente, me atendió una secretaria que era una estúpida. Era la típica rubia fuertona que se hace la linda y te trata con desprecio. Pensar que en otras épocas, hubiese bastado con bajarme los pantalones para dejarla atolondrada y con la boca abierta, mientras sus ojos seguirían la oscilación pendular el hipnótica de mi vieja arma cuando colgaba irradiando respeto.


FIN