15 noviembre 2012

Un Pacto de Longitud - 2da Parte

Los días siguientes estuvieron llenos de cambios. Mi mujer desbordaba de alegría y energía. Dejó de ir al psicólogo, dejó de tomar ansiolíticos. Hacía todas las cosas de la casa con un ánimo desbordante. Conmigo estaba más dulce que nunca. Incluso comenzó un curso de cocina y me hacía comidas riquísimas. Decía que su hombrecito tenía que estar bien alimentado. La verdad es que comenzamos a tener una relación esplendida, como no la habíamos tenido nunca.

Otro cambio importante fue en el club. Jugando al fútbol siempre fui mediocre, pero de pronto me convertí en un defensor temible. Hacerme un caño era simplemente imposible. Y en cada corner, se producía un vacío de jugadores a mi alrededor. Nadie se atrevía a ir a buscar una pelota alta sabiendo que estaba yo detrás. Esto hizo de mi equipo uno de los mejores del club. Me había vuelto muy popular y respetado. Sin embargo comencé a conocer la soledad del poder. En la ducha mis compañeros estaban distantes. Nade se quería duchar cerca de mi. Por lo general estaba yo en una punta y todos los demás en la otra. Incluso algunos comenzaron a utilizar un hilo para atarse el jabón a la muñeca. No entendía bien lo que pasaba.

En el trabajo también mejoraron las cosas. Trabajaba en una compañía de seguros y tenía a mi cargo un grupo de vendedores. Por esos días, un millonario había donado mucha plata para construir una biblioteca y éramos varias las compañías que estábamos atrás de esa póliza. Teníamos que lidiar con Jacinta, una bibliotecaria de 40 años que sería la futura directora. Jacinta era alta, rubia, siempre peinada con rodete, traje sastre y lentes. Era soltera y se comentaba que nunca había tenido novio y tenía un carácter de lo más amargo. Mis vendedores no llegaban a nada con ella y comenzaron a odiarla. Un día entró el dueño de la compañía a mi oficina, que también era uno de mis compañeros de fútbol, y me dijo: “Fede, encargate vos de la loca esa. Ya sabés qué hacer. Sino, nos vamos todos al bombo.” Estaba en juego la empresa y por ende mi trabajo así que me encargué personalmente.

Al final la operación fue todo un éxito. Yo saqué un pedazo de comisión. Aunque fue raro lo que pasó con Jacinta. Ella contrató el seguro pero luego desistió de ocupar su puesto. Algunos días más tarde me la encontré en Pueyrredón y Las Heras. Tenía puesto un body cortísimo, sandalias con tiras casi hasta la rodilla, lentes azules de marco blanco y un pañuelo en la cabeza. Estaba hecha un infierno de mina. Me dijo que estaba trabajando de noche en un club frente al cementerio, por Azcuenaga, y que pasara un día de estos, que conmigo estaba todo bien. Cuando nos despedimos me miró fijamente y me dijo: “Cinco años para recibirme de bibliotecaria y vos fuiste el único capaz de abrirme el libro…” La verdad que mucho no le entendí. Esas minas culturosas siempre dicen cosas raras.

Como decía, los días posteriores a la mutación fueron muy buenos. Salvo mi mujer, que andaba caminando un poquito chueca, todo iba bien. Pero los pactos con el maldito nunca llegan a buen puerto, como estaba apunto de comprobarlo.


*ir a la tercera parte: clic aquí.