Todo comenzó una noche que estábamos cenando en lo de una pareja amiga. El contacto lo habían hecho las chicas, que se habían conocido haciendo un curso. Cuando terminamos de comer y por sugerencia del otro muchacho nos pusimos a jugar al juego de la copa. Siempre fui muy escéptico pero me divertía ver la credulidad de los otros. Así que me limitaba a observar y a hacer lo que me decían.
En un momento alguien dijo que el diablo se había hecho presente y que estaba dispuesto a cumplirle un deseo a cada uno. Nadie quiso aceptar la oferta salvo yo que en ese instante, y más inspirado por el espíritu del vino que por cualquier otro demonio, me puse de pie y dije: “oh, príncipe de la oscuridad, si realmente te dices poderoso, concédeme lo que te pido: has que mi miembro sexual crezca hasta la magnificencia.”
Lo había dicho en tono de broma pero todos se quedaron helados mirándome como si hubiese hecho una locura. La verdad es que tenían una autentica razón para estar preocupados, cosa que no tardé mucho en comprobar.
En el camino de vuelta, mi mujer estaba muy callada. Yo no podía creer que se lo hubiera tomado tan en serio. Llegamos a casa y nos fuimos a dormir directamente. A la mañana siguiente me desperté y en la oscuridad, dormidísimo, me fui al baño. En el camino sentí que rozaba algo con las piernas y pensé que era el perro. Le dije: “Duke… cucha… cucha”, pero Duke no reaccionó como de costumbre, levantándose en dos patas para que lo acaricie. Cuando llegué al baño prendí la luz y ahí lo vi, ahí estaba. De entre mis piernas surgía un descomunal apéndice fálico, con un porte que asustaba. Era ancho como un antebrazo y se extendía hasta las proximidades de la rodilla. Su textura aterciopelada y brillante se veía surcada por venas violáceas que lo recorrían como ríos de sangre. Creo que ni Miguel Ángel hubiese esculpido un choto así.
La sorpresa me había quitado toda capacidad de reacción. Al rato llegó Duke como de costumbre y al verme pegó uno de esos chillidos de perro asustado y se fue corriendo. Salí del baño y vi al perro contra un rincón temblando y con la cola entre las patas.
Cuando me vio mi mujer también se quedó paralizada, pero al rato comenzó a discutir y a reprocharme mi estupidez. Yo sólo atiné a quedarme callado escuchándola. Estaba muy enojada. En un momento la voz le comenzó a flaquear, temblaba y un hilo de baba se le comenzó a desbordar de la boca. Nos quedamos callados, nos miramos y acto seguido estrenamos el juguete nuevo. Tengo que reconocer que al comienzo no fue fácil, de hecho tuve que utilizar un calzador. Pero todo salió bien. Al final quedamos en guardar el secreto hasta ver que hacíamos. Aunque conservar el secreto no sería nada fácil.
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