Conservar el secreto se hizo imposible. Los rumores corrían por todos lados y llegaron al barrio. Hasta las personas más escépticas se convencían al ver la alegría desbordante de mi mujer. Pronto, todas mis vecinas se mostraron amables y simpáticas. Me sacaban conversación, me ayudaban con las bolsas cuando venía del súper. Y no exagero cuando digo todas. Flacas y gordas, lindas y feas, jóvenes y maduritas. Hasta las más tímidas y las antipáticas que están en estrella eran una dulzura conmigo. Se necesita una tonicidad del espíritu muy grande para mantener el equilibrio en una situación como esa. Por supuesto que no fue mi caso. Así es que comencé a ceder ante la tentación.
Con mi metro setenta de altura, mi panza cervecera, y mi calvicie incipiente me convertí en el sex simbol de Villa Ortúzar. Mi mujer, que ya se ponía rabiosa con el coqueteo descarado de las chicas del barrio, se terminó volviendo loca cuando se enteró de mis repetidas infidelidades y me terminó echando de casa.
Vivir solo fue todavía peor. Me pasaba todo el día de joda. Hasta había empezado a dar turno. Además, siempre fui muy vago para cocinar y comía lo que podía. La mala alimentación y el esfuerzo ante el que me encontraba me fueron enflaqueciendo sistemáticamente. Estaba quedando piel y garcha, y ya había comenzado a desvariar mentalmente. El sueño de todo hombre me estaba aniquilando. Quería terminar con todo eso pero la tentación era irresistible.
Una mañana me desperté con una gran sensación de debilidad. Me sentía al borde de la inanición y sin ninguna tonificación en los músculos. Eso sí, el coso estaba más al palo que nunca. Rebosaba en una erección casi insolente ya que, mientras yo me sentía morir, el tipo estaba tan sano y firme como siempre. Intenté levantarme pero me encontré con que no podía sostener semejante peso que surgía de entre mi ingle. Me flaqueaban las piernas mientras intentaba caminar hasta que comencé a perder el equilibrio. Me movía para todos lados mientras intentaba mantenerme de pie, hasta que empecé a girar ya sin ningún control y, luego de estampar un velador contra la pared de un chotazo, termine cayendo al piso. Como pude me arrastré hasta el teléfono y marqué el número del SAME donde me atendió una voz muy amable que me preguntó: “¿cuál es su problema, señor?”
Me quedé mudo, sin saber qué contestar. Con lo poco que me quedaba de conciencia, mi mente comenzó a hacer un vergonzoso balance de lo que era mi vida por esos días, y de todo lo que había perdido. Mientras, la voz al teléfono continuaba: “Señor, ¿está usted ahí? Señor, ¿se siente bien?”. Colgué sin decir nada y luego, como si la conversación no hubiese terminado, miré al teléfono y le dije: “¿Mi problema? Estoy tan al palo que no me puedo mantener de pie.”
Y me largué a reír. A reír a las carcajadas en una risa histérica que no tardó mucho en transformarse en un llanto inconsolable.
Al cabo de una hora, cuando el señor se dignó a relajarse un poco y me pude parar, me dije que esto no podía continuar más. Necesitaba ayuda y, aunque estaba rodeado de cuantas mujeres quisiera, en ese momento no pude pensar más que en una.
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