Ese mismo día volví a casa. Antes, y para poder caminar más balanceado (ya que el coso todavía estaba medio vivaracho), me cargué una mochila a la espalda rellenada con tres ladrillos. Mi mujer se conmovió al ver el estado lamentable en el que estaba. Le dije que todo lo que había pasado no había cambiado ni un poco lo que sentía por ella. Que la quería y que no la quería perder. Le pedí que me ayudara e, increíblemente, aceptó. Arruinado como estaba, comprendió que no era momento de reproches o discusiones. Sólo había espacio para la acción. Es en momentos como esos que se descubre quién es quién, y yo descubrí que mi mujer era una mina de hierro, lo cual me hizo sentir más estúpido que nunca.
Luego de marcharme de casa, mi mujer andaba mal y una de sus confidentes había sido la portera. Mi mujer le había contado todo mientras a esta se le hacía agua la boca. Fue ella la que le sugirió que fuéramos a ver al pastor Mangueira. Cuando me lo sugirió me sentí escéptico. Pero ya una vez la incredulidad me había hecho caer en todo esto, así que acepté ir.
Cuando llegamos al templo justo comenzaba un servicio. Fue todo muy lindo. Manqueira había estado muy bien con sus palabras. El coro de las Hermanas de la Lucrativa Caridad se mandó una interpretación formidable de “Violeta”, el tema de Alcides.
Cuando el servicio concluyó se retiraron todos menos mi mujer y yo que queríamos hablar con Mangueira. Nos acercamos hasta él, que estaba en un costado del escenario. De entrada no nos prestó mucha atención. Tenía una calculadora en la mano y parecía muy ocupado sacando cuentas. Yo ya me quería ir pero mi mujer, decidida como estaba me dijo: “Fede… ¡pelá!” Me bajé los pantalones y de pronto, como en una película, comenzó a sonar un hermoso acorde musical. Era el coro de las hermanas, las cuales cantaban una “o” tenida en asombro. Esto llamó el atención de Mangueira que dejó la calculadora y se acercó hasta nosotros. Cuando vio el coso, se quedó paralizado y acto seguido se dirigió al altar y se dejó caer, como vencido, mientras decía: “Ay… Seor… Seor… ¿porqué algunos tanto, y otros tan poco?”
Nos quedamos sin saber qué hacer pero al rato Mangueira se repuso como pudo y volviendo a nosotros nos pidió disculpas ya que las vicisitudes de los hombres lo afectaban mucho. Luego se dirigió hacia mi y me dijo: “No preocupar, garoto. Eu tein solución pra vocé. Eu voute cortar este tronco com a ayuda do Seor.”Estas palabras me devolvieron el alma al cuerpo. Sin embargo, las que se salieron de quicio fueron las hermanas de la lucrativa caridad, que comenzaron a rogarle a Mangueira que no cometiera semejante locura. Tuvieron que venir los de seguridad para controlarlas.
Mangueira tomó el teléfono y se comunicó con alguien. Dijo que era un caso urgente y cortó. Me dijo que la solución ya estaba en camino, que teníamos que esperar un rato, y me pidió que de una buena vez me subiera los pantalones ya que consideraba a la ostentación pecaminosa. Mientras esperábamos nos quedamos charlando. Yo le conté todas mis desgracias mientras Mangueira me escuchaba atentísimo. Me preguntó si me molestaba para dormir. Le dije que al principio sí, pero que lo había solucionado poniéndola en un moisés al costado de la cama.
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