Todo comenzó una noche que estábamos cenando en lo de una pareja amiga. El contacto lo habían hecho las chicas, que se habían conocido haciendo un curso. Cuando terminamos de comer y por sugerencia del otro muchacho nos pusimos a jugar al juego de la copa. Siempre fui muy escéptico pero me divertía ver la credulidad de los otros. Así que me limitaba a observar y a hacer lo que me decían.
En un momento alguien dijo que el diablo se había hecho presente y que estaba dispuesto a cumplirle un deseo a cada uno. Nadie quiso aceptar la oferta salvo yo que en ese instante, y más inspirado por el espíritu del vino que por cualquier otro demonio, me puse de pie y dije: “oh, príncipe de la oscuridad, si realmente te dices poderoso, concédeme lo que te pido: has que mi miembro sexual crezca hasta la magnificencia.”
Lo había dicho en tono de broma pero todos se quedaron helados mirándome como si hubiese hecho una locura. La verdad es que tenían una autentica razón para estar preocupados, cosa que no tardé mucho en comprobar.
En el camino de vuelta, mi mujer estaba muy callada. Yo no podía creer que se lo hubiera tomado tan en serio. Llegamos a casa y nos fuimos a dormir directamente. A la mañana siguiente me desperté y en la oscuridad, dormidísimo, me fui al baño. En el camino sentí que rozaba algo con las piernas y pensé que era el perro. Le dije: “Duke… cucha… cucha”, pero Duke no reaccionó como de costumbre, levantándose en dos patas para que lo acaricie. Cuando llegué al baño prendí la luz y ahí lo vi, ahí estaba. De entre mis piernas surgía un descomunal apéndice fálico, con un porte que asustaba. Era ancho como un antebrazo y se extendía hasta las proximidades de la rodilla. Su textura aterciopelada y brillante se veía surcada por venas violáceas que lo recorrían como ríos de sangre. Creo que ni Miguel Ángel hubiese esculpido un choto así.
La sorpresa me había quitado toda capacidad de reacción. Al rato llegó Duke como de costumbre y al verme pegó uno de esos chillidos de perro asustado y se fue corriendo. Salí del baño y vi al perro contra un rincón temblando y con la cola entre las patas.
Cuando me vio mi mujer también se quedó paralizada, pero al rato comenzó a discutir y a reprocharme mi estupidez. Yo sólo atiné a quedarme callado escuchándola. Estaba muy enojada. En un momento la voz le comenzó a flaquear, temblaba y un hilo de baba se le comenzó a desbordar de la boca. Nos quedamos callados, nos miramos y acto seguido estrenamos el juguete nuevo. Tengo que reconocer que al comienzo no fue fácil, de hecho tuve que utilizar un calzador. Pero todo salió bien. Al final quedamos en guardar el secreto hasta ver que hacíamos. Aunque conservar el secreto no sería nada fácil.
*ir a la segunda parte: clic aquí.
15 noviembre 2012
Un Pacto de Longitud - 2da Parte
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Los días siguientes estuvieron llenos de cambios. Mi mujer desbordaba de alegría y energía. Dejó de ir al psicólogo, dejó de tomar ansiolíticos. Hacía todas las cosas de la casa con un ánimo desbordante. Conmigo estaba más dulce que nunca. Incluso comenzó un curso de cocina y me hacía comidas riquísimas. Decía que su hombrecito tenía que estar bien alimentado. La verdad es que comenzamos a tener una relación esplendida, como no la habíamos tenido nunca.
Otro cambio importante fue en el club. Jugando al fútbol siempre fui mediocre, pero de pronto me convertí en un defensor temible. Hacerme un caño era simplemente imposible. Y en cada corner, se producía un vacío de jugadores a mi alrededor. Nadie se atrevía a ir a buscar una pelota alta sabiendo que estaba yo detrás. Esto hizo de mi equipo uno de los mejores del club. Me había vuelto muy popular y respetado. Sin embargo comencé a conocer la soledad del poder. En la ducha mis compañeros estaban distantes. Nade se quería duchar cerca de mi. Por lo general estaba yo en una punta y todos los demás en la otra. Incluso algunos comenzaron a utilizar un hilo para atarse el jabón a la muñeca. No entendía bien lo que pasaba.
En el trabajo también mejoraron las cosas. Trabajaba en una compañía de seguros y tenía a mi cargo un grupo de vendedores. Por esos días, un millonario había donado mucha plata para construir una biblioteca y éramos varias las compañías que estábamos atrás de esa póliza. Teníamos que lidiar con Jacinta, una bibliotecaria de 40 años que sería la futura directora. Jacinta era alta, rubia, siempre peinada con rodete, traje sastre y lentes. Era soltera y se comentaba que nunca había tenido novio y tenía un carácter de lo más amargo. Mis vendedores no llegaban a nada con ella y comenzaron a odiarla. Un día entró el dueño de la compañía a mi oficina, que también era uno de mis compañeros de fútbol, y me dijo: “Fede, encargate vos de la loca esa. Ya sabés qué hacer. Sino, nos vamos todos al bombo.” Estaba en juego la empresa y por ende mi trabajo así que me encargué personalmente.
Al final la operación fue todo un éxito. Yo saqué un pedazo de comisión. Aunque fue raro lo que pasó con Jacinta. Ella contrató el seguro pero luego desistió de ocupar su puesto. Algunos días más tarde me la encontré en Pueyrredón y Las Heras. Tenía puesto un body cortísimo, sandalias con tiras casi hasta la rodilla, lentes azules de marco blanco y un pañuelo en la cabeza. Estaba hecha un infierno de mina. Me dijo que estaba trabajando de noche en un club frente al cementerio, por Azcuenaga, y que pasara un día de estos, que conmigo estaba todo bien. Cuando nos despedimos me miró fijamente y me dijo: “Cinco años para recibirme de bibliotecaria y vos fuiste el único capaz de abrirme el libro…” La verdad que mucho no le entendí. Esas minas culturosas siempre dicen cosas raras.
Como decía, los días posteriores a la mutación fueron muy buenos. Salvo mi mujer, que andaba caminando un poquito chueca, todo iba bien. Pero los pactos con el maldito nunca llegan a buen puerto, como estaba apunto de comprobarlo.
*ir a la tercera parte: clic aquí.
Otro cambio importante fue en el club. Jugando al fútbol siempre fui mediocre, pero de pronto me convertí en un defensor temible. Hacerme un caño era simplemente imposible. Y en cada corner, se producía un vacío de jugadores a mi alrededor. Nadie se atrevía a ir a buscar una pelota alta sabiendo que estaba yo detrás. Esto hizo de mi equipo uno de los mejores del club. Me había vuelto muy popular y respetado. Sin embargo comencé a conocer la soledad del poder. En la ducha mis compañeros estaban distantes. Nade se quería duchar cerca de mi. Por lo general estaba yo en una punta y todos los demás en la otra. Incluso algunos comenzaron a utilizar un hilo para atarse el jabón a la muñeca. No entendía bien lo que pasaba.
En el trabajo también mejoraron las cosas. Trabajaba en una compañía de seguros y tenía a mi cargo un grupo de vendedores. Por esos días, un millonario había donado mucha plata para construir una biblioteca y éramos varias las compañías que estábamos atrás de esa póliza. Teníamos que lidiar con Jacinta, una bibliotecaria de 40 años que sería la futura directora. Jacinta era alta, rubia, siempre peinada con rodete, traje sastre y lentes. Era soltera y se comentaba que nunca había tenido novio y tenía un carácter de lo más amargo. Mis vendedores no llegaban a nada con ella y comenzaron a odiarla. Un día entró el dueño de la compañía a mi oficina, que también era uno de mis compañeros de fútbol, y me dijo: “Fede, encargate vos de la loca esa. Ya sabés qué hacer. Sino, nos vamos todos al bombo.” Estaba en juego la empresa y por ende mi trabajo así que me encargué personalmente.
Al final la operación fue todo un éxito. Yo saqué un pedazo de comisión. Aunque fue raro lo que pasó con Jacinta. Ella contrató el seguro pero luego desistió de ocupar su puesto. Algunos días más tarde me la encontré en Pueyrredón y Las Heras. Tenía puesto un body cortísimo, sandalias con tiras casi hasta la rodilla, lentes azules de marco blanco y un pañuelo en la cabeza. Estaba hecha un infierno de mina. Me dijo que estaba trabajando de noche en un club frente al cementerio, por Azcuenaga, y que pasara un día de estos, que conmigo estaba todo bien. Cuando nos despedimos me miró fijamente y me dijo: “Cinco años para recibirme de bibliotecaria y vos fuiste el único capaz de abrirme el libro…” La verdad que mucho no le entendí. Esas minas culturosas siempre dicen cosas raras.
Como decía, los días posteriores a la mutación fueron muy buenos. Salvo mi mujer, que andaba caminando un poquito chueca, todo iba bien. Pero los pactos con el maldito nunca llegan a buen puerto, como estaba apunto de comprobarlo.
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Un Pacto de Longitud - 3ra Parte
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Conservar el secreto se hizo imposible. Los rumores corrían por todos lados y llegaron al barrio. Hasta las personas más escépticas se convencían al ver la alegría desbordante de mi mujer. Pronto, todas mis vecinas se mostraron amables y simpáticas. Me sacaban conversación, me ayudaban con las bolsas cuando venía del súper. Y no exagero cuando digo todas. Flacas y gordas, lindas y feas, jóvenes y maduritas. Hasta las más tímidas y las antipáticas que están en estrella eran una dulzura conmigo. Se necesita una tonicidad del espíritu muy grande para mantener el equilibrio en una situación como esa. Por supuesto que no fue mi caso. Así es que comencé a ceder ante la tentación.
Con mi metro setenta de altura, mi panza cervecera, y mi calvicie incipiente me convertí en el sex simbol de Villa Ortúzar. Mi mujer, que ya se ponía rabiosa con el coqueteo descarado de las chicas del barrio, se terminó volviendo loca cuando se enteró de mis repetidas infidelidades y me terminó echando de casa.
Vivir solo fue todavía peor. Me pasaba todo el día de joda. Hasta había empezado a dar turno. Además, siempre fui muy vago para cocinar y comía lo que podía. La mala alimentación y el esfuerzo ante el que me encontraba me fueron enflaqueciendo sistemáticamente. Estaba quedando piel y garcha, y ya había comenzado a desvariar mentalmente. El sueño de todo hombre me estaba aniquilando. Quería terminar con todo eso pero la tentación era irresistible.
Una mañana me desperté con una gran sensación de debilidad. Me sentía al borde de la inanición y sin ninguna tonificación en los músculos. Eso sí, el coso estaba más al palo que nunca. Rebosaba en una erección casi insolente ya que, mientras yo me sentía morir, el tipo estaba tan sano y firme como siempre. Intenté levantarme pero me encontré con que no podía sostener semejante peso que surgía de entre mi ingle. Me flaqueaban las piernas mientras intentaba caminar hasta que comencé a perder el equilibrio. Me movía para todos lados mientras intentaba mantenerme de pie, hasta que empecé a girar ya sin ningún control y, luego de estampar un velador contra la pared de un chotazo, termine cayendo al piso. Como pude me arrastré hasta el teléfono y marqué el número del SAME donde me atendió una voz muy amable que me preguntó: “¿cuál es su problema, señor?”
Me quedé mudo, sin saber qué contestar. Con lo poco que me quedaba de conciencia, mi mente comenzó a hacer un vergonzoso balance de lo que era mi vida por esos días, y de todo lo que había perdido. Mientras, la voz al teléfono continuaba: “Señor, ¿está usted ahí? Señor, ¿se siente bien?”. Colgué sin decir nada y luego, como si la conversación no hubiese terminado, miré al teléfono y le dije: “¿Mi problema? Estoy tan al palo que no me puedo mantener de pie.”
Y me largué a reír. A reír a las carcajadas en una risa histérica que no tardó mucho en transformarse en un llanto inconsolable.
Al cabo de una hora, cuando el señor se dignó a relajarse un poco y me pude parar, me dije que esto no podía continuar más. Necesitaba ayuda y, aunque estaba rodeado de cuantas mujeres quisiera, en ese momento no pude pensar más que en una.
*ir a la cuarta parte: clic aquí.
Con mi metro setenta de altura, mi panza cervecera, y mi calvicie incipiente me convertí en el sex simbol de Villa Ortúzar. Mi mujer, que ya se ponía rabiosa con el coqueteo descarado de las chicas del barrio, se terminó volviendo loca cuando se enteró de mis repetidas infidelidades y me terminó echando de casa.
Vivir solo fue todavía peor. Me pasaba todo el día de joda. Hasta había empezado a dar turno. Además, siempre fui muy vago para cocinar y comía lo que podía. La mala alimentación y el esfuerzo ante el que me encontraba me fueron enflaqueciendo sistemáticamente. Estaba quedando piel y garcha, y ya había comenzado a desvariar mentalmente. El sueño de todo hombre me estaba aniquilando. Quería terminar con todo eso pero la tentación era irresistible.
Una mañana me desperté con una gran sensación de debilidad. Me sentía al borde de la inanición y sin ninguna tonificación en los músculos. Eso sí, el coso estaba más al palo que nunca. Rebosaba en una erección casi insolente ya que, mientras yo me sentía morir, el tipo estaba tan sano y firme como siempre. Intenté levantarme pero me encontré con que no podía sostener semejante peso que surgía de entre mi ingle. Me flaqueaban las piernas mientras intentaba caminar hasta que comencé a perder el equilibrio. Me movía para todos lados mientras intentaba mantenerme de pie, hasta que empecé a girar ya sin ningún control y, luego de estampar un velador contra la pared de un chotazo, termine cayendo al piso. Como pude me arrastré hasta el teléfono y marqué el número del SAME donde me atendió una voz muy amable que me preguntó: “¿cuál es su problema, señor?”
Me quedé mudo, sin saber qué contestar. Con lo poco que me quedaba de conciencia, mi mente comenzó a hacer un vergonzoso balance de lo que era mi vida por esos días, y de todo lo que había perdido. Mientras, la voz al teléfono continuaba: “Señor, ¿está usted ahí? Señor, ¿se siente bien?”. Colgué sin decir nada y luego, como si la conversación no hubiese terminado, miré al teléfono y le dije: “¿Mi problema? Estoy tan al palo que no me puedo mantener de pie.”
Y me largué a reír. A reír a las carcajadas en una risa histérica que no tardó mucho en transformarse en un llanto inconsolable.
Al cabo de una hora, cuando el señor se dignó a relajarse un poco y me pude parar, me dije que esto no podía continuar más. Necesitaba ayuda y, aunque estaba rodeado de cuantas mujeres quisiera, en ese momento no pude pensar más que en una.
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Un Pacto de Longitud - 4ta Parte
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Ese mismo día volví a casa. Antes, y para poder caminar más balanceado (ya que el coso todavía estaba medio vivaracho), me cargué una mochila a la espalda rellenada con tres ladrillos. Mi mujer se conmovió al ver el estado lamentable en el que estaba. Le dije que todo lo que había pasado no había cambiado ni un poco lo que sentía por ella. Que la quería y que no la quería perder. Le pedí que me ayudara e, increíblemente, aceptó. Arruinado como estaba, comprendió que no era momento de reproches o discusiones. Sólo había espacio para la acción. Es en momentos como esos que se descubre quién es quién, y yo descubrí que mi mujer era una mina de hierro, lo cual me hizo sentir más estúpido que nunca.
Luego de marcharme de casa, mi mujer andaba mal y una de sus confidentes había sido la portera. Mi mujer le había contado todo mientras a esta se le hacía agua la boca. Fue ella la que le sugirió que fuéramos a ver al pastor Mangueira. Cuando me lo sugirió me sentí escéptico. Pero ya una vez la incredulidad me había hecho caer en todo esto, así que acepté ir.
Cuando llegamos al templo justo comenzaba un servicio. Fue todo muy lindo. Manqueira había estado muy bien con sus palabras. El coro de las Hermanas de la Lucrativa Caridad se mandó una interpretación formidable de “Violeta”, el tema de Alcides.
Cuando el servicio concluyó se retiraron todos menos mi mujer y yo que queríamos hablar con Mangueira. Nos acercamos hasta él, que estaba en un costado del escenario. De entrada no nos prestó mucha atención. Tenía una calculadora en la mano y parecía muy ocupado sacando cuentas. Yo ya me quería ir pero mi mujer, decidida como estaba me dijo: “Fede… ¡pelá!” Me bajé los pantalones y de pronto, como en una película, comenzó a sonar un hermoso acorde musical. Era el coro de las hermanas, las cuales cantaban una “o” tenida en asombro. Esto llamó el atención de Mangueira que dejó la calculadora y se acercó hasta nosotros. Cuando vio el coso, se quedó paralizado y acto seguido se dirigió al altar y se dejó caer, como vencido, mientras decía: “Ay… Seor… Seor… ¿porqué algunos tanto, y otros tan poco?”
Nos quedamos sin saber qué hacer pero al rato Mangueira se repuso como pudo y volviendo a nosotros nos pidió disculpas ya que las vicisitudes de los hombres lo afectaban mucho. Luego se dirigió hacia mi y me dijo: “No preocupar, garoto. Eu tein solución pra vocé. Eu voute cortar este tronco com a ayuda do Seor.”Estas palabras me devolvieron el alma al cuerpo. Sin embargo, las que se salieron de quicio fueron las hermanas de la lucrativa caridad, que comenzaron a rogarle a Mangueira que no cometiera semejante locura. Tuvieron que venir los de seguridad para controlarlas.
Mangueira tomó el teléfono y se comunicó con alguien. Dijo que era un caso urgente y cortó. Me dijo que la solución ya estaba en camino, que teníamos que esperar un rato, y me pidió que de una buena vez me subiera los pantalones ya que consideraba a la ostentación pecaminosa. Mientras esperábamos nos quedamos charlando. Yo le conté todas mis desgracias mientras Mangueira me escuchaba atentísimo. Me preguntó si me molestaba para dormir. Le dije que al principio sí, pero que lo había solucionado poniéndola en un moisés al costado de la cama.
*ir a la quinta parte: clic aquí.
Luego de marcharme de casa, mi mujer andaba mal y una de sus confidentes había sido la portera. Mi mujer le había contado todo mientras a esta se le hacía agua la boca. Fue ella la que le sugirió que fuéramos a ver al pastor Mangueira. Cuando me lo sugirió me sentí escéptico. Pero ya una vez la incredulidad me había hecho caer en todo esto, así que acepté ir.
Cuando llegamos al templo justo comenzaba un servicio. Fue todo muy lindo. Manqueira había estado muy bien con sus palabras. El coro de las Hermanas de la Lucrativa Caridad se mandó una interpretación formidable de “Violeta”, el tema de Alcides.
Cuando el servicio concluyó se retiraron todos menos mi mujer y yo que queríamos hablar con Mangueira. Nos acercamos hasta él, que estaba en un costado del escenario. De entrada no nos prestó mucha atención. Tenía una calculadora en la mano y parecía muy ocupado sacando cuentas. Yo ya me quería ir pero mi mujer, decidida como estaba me dijo: “Fede… ¡pelá!” Me bajé los pantalones y de pronto, como en una película, comenzó a sonar un hermoso acorde musical. Era el coro de las hermanas, las cuales cantaban una “o” tenida en asombro. Esto llamó el atención de Mangueira que dejó la calculadora y se acercó hasta nosotros. Cuando vio el coso, se quedó paralizado y acto seguido se dirigió al altar y se dejó caer, como vencido, mientras decía: “Ay… Seor… Seor… ¿porqué algunos tanto, y otros tan poco?”
Nos quedamos sin saber qué hacer pero al rato Mangueira se repuso como pudo y volviendo a nosotros nos pidió disculpas ya que las vicisitudes de los hombres lo afectaban mucho. Luego se dirigió hacia mi y me dijo: “No preocupar, garoto. Eu tein solución pra vocé. Eu voute cortar este tronco com a ayuda do Seor.”Estas palabras me devolvieron el alma al cuerpo. Sin embargo, las que se salieron de quicio fueron las hermanas de la lucrativa caridad, que comenzaron a rogarle a Mangueira que no cometiera semejante locura. Tuvieron que venir los de seguridad para controlarlas.
Mangueira tomó el teléfono y se comunicó con alguien. Dijo que era un caso urgente y cortó. Me dijo que la solución ya estaba en camino, que teníamos que esperar un rato, y me pidió que de una buena vez me subiera los pantalones ya que consideraba a la ostentación pecaminosa. Mientras esperábamos nos quedamos charlando. Yo le conté todas mis desgracias mientras Mangueira me escuchaba atentísimo. Me preguntó si me molestaba para dormir. Le dije que al principio sí, pero que lo había solucionado poniéndola en un moisés al costado de la cama.
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Un Pacto de Longitud - 5ta Parte
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La solución de Mangueira había resultado mucho más sencilla de lo que yo imaginaba. Cuando habló por teléfono, había llamado a un seguidor de la misión que era cirujano y tenía una clínica privada. Me llevaron hasta allí y me hicieron todos los análisis previos a una operación. Yo tenía mucho miedo ya que iba a ser la primera operación de mi vida. Mangueira me tranquilizó y me dijo que si bien no podía permanecer conmigo ya que su misión en el templo no podía ser interrumpida, que aun así me iba a acompañar espiritualmente. Luego con mi mujer nos dimos un profundo abrazo y me llevaron al quirófano.
Una vez allí, y mientras me daban anestesia, recordé las palabras de Mangueira. Imaginé que el pastor estaba acostado en una camilla junto a la mía y que daba algunas instrucciones con un centímetro en la mano. Supe que su espíritu estaba presente y me terminé de dormir. Cuando recuperé el conocimiento, estaba en una habitación y mi mujer al lado mío, llorando pero feliz. Me dijo que todo había salido bien.
Un par de días más tarde, y ya en casa, me quité las vendas. Estaba re-contento con los resultados. El tamaño había sido reducido drásticamente pero aún así, era un poco mayor a lo que tenía en un principio. Mi mujer también estaba conforme, y contenta con la yapa. Ese día, sin dudarlo, fuimos directo al templo para verlo a Mangueira y agradecerle. Como no había servicio, fuimos directamente a su oficina. Lo encontramos justo hablando con el cirujano por teléfono. Mangueira le decía que solo había un problemita con la diferencia de pigmentación pero que estaba muy contento y que ahora no lo paraba nadie. Colgó y se iba a levantar de la silla para saludarnos pero en el intento casi hizo volcar el escritorio que tenía enfrente suyo. Esto fue muy extraño ya que él no había llegado a tocar el borde del escritorio con la cintura. Cuando vio nuestro asombro nos explicó que un hombre como él esta expuesto a brujerías de todo tipo y que a veces, en su oficina, las cosas se mueven solas.
Charlamos un buen rato hasta que nos pidió que lo disculpáramos ya que estaba por comenzar un servicio al cual nos invitó a quedarnos. Una vez en el templo pude sentir la magia del primer día. Ese día durante el servicio, Mangueira, que hasta ese entonces era conocido por su nombre de pila: Paulo Inacio Couceiro, dijo que él, como muchos brasileños célebres, quería ser llamado no por su nombre sino por su apodo. Fue ahí donde surgió lo de Mangueira y dijo que el apodo se lo había elegido las chicas del coro. Estas, a continuación, se largaron con una bellísima versión de “Qué tendrá el petiso” mientras le tiraban besos a Mangueira o le guiñaban el ojo.
De mi no hay mucho más para agregar. Recuperé a mi mujer, recuperé mi casa, recuperé mi trabajo; en definitiva, recuperé mi vida. A veces en el club los muchachos me preguntan si no extraño los viejos tiempos. La respuesta es que no. Aunque tengo que reconocer que los otros días, que tuve que ir a ver a un cliente, me atendió una secretaria que era una estúpida. Era la típica rubia fuertona que se hace la linda y te trata con desprecio. Pensar que en otras épocas, hubiese bastado con bajarme los pantalones para dejarla atolondrada y con la boca abierta, mientras sus ojos seguirían la oscilación pendular el hipnótica de mi vieja arma cuando colgaba irradiando respeto.
FIN
Una vez allí, y mientras me daban anestesia, recordé las palabras de Mangueira. Imaginé que el pastor estaba acostado en una camilla junto a la mía y que daba algunas instrucciones con un centímetro en la mano. Supe que su espíritu estaba presente y me terminé de dormir. Cuando recuperé el conocimiento, estaba en una habitación y mi mujer al lado mío, llorando pero feliz. Me dijo que todo había salido bien.
Un par de días más tarde, y ya en casa, me quité las vendas. Estaba re-contento con los resultados. El tamaño había sido reducido drásticamente pero aún así, era un poco mayor a lo que tenía en un principio. Mi mujer también estaba conforme, y contenta con la yapa. Ese día, sin dudarlo, fuimos directo al templo para verlo a Mangueira y agradecerle. Como no había servicio, fuimos directamente a su oficina. Lo encontramos justo hablando con el cirujano por teléfono. Mangueira le decía que solo había un problemita con la diferencia de pigmentación pero que estaba muy contento y que ahora no lo paraba nadie. Colgó y se iba a levantar de la silla para saludarnos pero en el intento casi hizo volcar el escritorio que tenía enfrente suyo. Esto fue muy extraño ya que él no había llegado a tocar el borde del escritorio con la cintura. Cuando vio nuestro asombro nos explicó que un hombre como él esta expuesto a brujerías de todo tipo y que a veces, en su oficina, las cosas se mueven solas.
Charlamos un buen rato hasta que nos pidió que lo disculpáramos ya que estaba por comenzar un servicio al cual nos invitó a quedarnos. Una vez en el templo pude sentir la magia del primer día. Ese día durante el servicio, Mangueira, que hasta ese entonces era conocido por su nombre de pila: Paulo Inacio Couceiro, dijo que él, como muchos brasileños célebres, quería ser llamado no por su nombre sino por su apodo. Fue ahí donde surgió lo de Mangueira y dijo que el apodo se lo había elegido las chicas del coro. Estas, a continuación, se largaron con una bellísima versión de “Qué tendrá el petiso” mientras le tiraban besos a Mangueira o le guiñaban el ojo.
De mi no hay mucho más para agregar. Recuperé a mi mujer, recuperé mi casa, recuperé mi trabajo; en definitiva, recuperé mi vida. A veces en el club los muchachos me preguntan si no extraño los viejos tiempos. La respuesta es que no. Aunque tengo que reconocer que los otros días, que tuve que ir a ver a un cliente, me atendió una secretaria que era una estúpida. Era la típica rubia fuertona que se hace la linda y te trata con desprecio. Pensar que en otras épocas, hubiese bastado con bajarme los pantalones para dejarla atolondrada y con la boca abierta, mientras sus ojos seguirían la oscilación pendular el hipnótica de mi vieja arma cuando colgaba irradiando respeto.
FIN
16 mayo 2012
Atuendo
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Entre los muchos inconvenientes que produjo en la misión la desaparición sorpresiva del pastor Mangueira, uno no menor ha sido elegir el atuendo para las hermanas de la misión. Hemos pasado largas horas junto a diferentes diseñadores, siempre preguntándonos cómo lo hubiera preferido el querido pastor.
06 diciembre 2011
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